Asamblea Internacionalista contra la Guerra
Este texto fue publicado originalmente en griego el 7 de julio de
2025, luego de la conformación en Atenas de la “Asamblea
Internacionalista contra la Guerra”, espacio colectivo conformado
por múltiples voluntades provenientes de diversas vertientes
revolucionarias del medio antagonista radical —comunistas,
anarquistas, antiautoritarios, autónomos, etc.—. L@s compañer@s
frente a la masacre perpetrada en Gaza por el Estado de Israel, la
guerra entre Ucrania y Rusia y otros conflictos armados, defienden de
manera intransigente una perspectiva autónoma proletaria,
internacionalista y anticapitalista, rechazando toda lógica de
identificación con los bandos beligerantes en confrontaciones
interestatales e interimperialistas (EE.UU. / China), que se están
intensificando en la actual fase de crisis del capital
mundial.
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Gaza: de un ataque genocida a desplazamientos
masivos y limpieza étnica
Durante más de 20 meses, Israel ha lanzado un ataque sin
precedentes contra la población palestina de Gaza. La guerra librada
por Israel se dirige deliberadamente contra objetivos civiles,
adquiriendo proporciones genocidas y destruyendo casi por completo
infraestructuras, viviendas, hospitales, escuelas y vidas humanas. Ha
provocado el desplazamiento masivo de palestinos de sus hogares, con
el objetivo final de llevar a cabo una limpieza étnica que facilite
la expansión de los asentamientos bajo la visión de establecer un
“Gran Israel”. Simultáneamente, las operaciones militares de
Israel en Gaza y en la región en general (Líbano, Siria, Irán)
sirven de punta de lanza para que el bloque imperialista “occidental”
cambie la dinámica de poder e imponga un nuevo orden en Medio
Oriente, directamente vinculado al conflicto más amplio entre
bloques imperialistas. Evidentemente, estas operaciones militares han
dado sus frutos, debilitando a Hezbolá en el Líbano, contribuyendo
a la caída de Assad, disminuyendo la influencia de Rusia en Siria y
asestando importantes golpes a Irán.
La expansión de la guerra en Medio Oriente:
crisis capitalista y rivalidad imperialista
Esta expansión de la guerra en Medio Oriente, con el apoyo activo
de Estado Unidos y su participación directa en el conflicto militar,
marca una escalada cualitativa. El peligro de una guerra regional más
amplia y, posiblemente, mundial es ahora más real que nunca, como lo
demuestran la continua guerra entre Ucrania y Rusia, la creciente
tensión en el Mar del Sur de China entre China y Taiwán, el
conflicto entre Pakistán y la India, el rápido rearme de los países
europeos y el intento de fortalecer el militarismo y la
militarización de la sociedad en todo el mundo. Es la crisis
capitalista la que impulsa el aumento de la rivalidad interestatal y
la escalada de los conflictos militares.
La guerra actúa como “destrucción creativa” y como mecanismo
para superar el estancamiento y reproducir la dominación
capitalista, entre otras cosas, mediante la limpieza violenta de
un proletariado excedente.
Los palestinos de Gaza como proletariado
excedente y las múltiples facetas del racismo antipalestino
Esto describe con precisión la condición de la abrumadora
mayoría de la
población palestina de Gaza. En la década de
1980, casi el 45% de la población de Gaza trabajaba en Israel en
empleos mal pagados y sin derechos laborales. Completamente privados
de las protecciones otorgadas a la clase trabajadora israelí, los
palestinos servían como ejército de reserva de mano de obra
barata. Durante la década de 1990, los trabajadores palestinos
fueron reemplazados cada vez más por migrantes de Tailandia,
Filipinas y Rumania, que hoy representan la mano de obra más
explotada en Israel, a menudo ganando incluso menos que los
palestinos. Desde 2007, con el bloqueo total de Gaza por parte de
Israel y Egipto, y el establecimiento de un estado de sitio, hasta el
7 de octubre de 2023, el número de residentes de Gaza que trabajaban
en Israel se redujo a sólo el 1% de la población.
La economía de Gaza sufrió un daño masivo, con importaciones y
exportaciones realizadas sólo ilegalmente a través de túneles en
la frontera egipcia, lo que llevó a una tasa de desempleo en torno
al 50% y a que casi la mitad de la población de Gaza dependiera
exclusivamente de programas de ayuda humanitaria para sobrevivir. Es
evidente que esta población representa un proletariado excedente
totalmente desechable tanto desde la perspectiva de la economía
israelí como de la imposición de la “pureza nacional” en la
región. Esto ha fomentado un racismo extremo contra la población
palestina de Gaza dentro de la sociedad israelí, llegando al punto
de deshumanización. Los palestinos son etiquetados como “animales
humanos”, e incluso el presidente de Israel, afiliado al Partido
Laborista, declaró que en Gaza “no hay inocentes”. Esta
ideología nacionalista de Estado legitima aún más la masacre y la
guerra dentro de la sociedad israelí, construye la narrativa
defensiva que el Estado de Israel necesita para justificar la
agresión militar en Gaza y articula las ambiciones expansionistas
territoriales de Israel.
Sin embargo, el racismo antipalestino también existe en muchos
países árabes. La mayoría de los refugiados palestinos permanecen
indocumentados y apátridas en los Estados árabes vecinos, a menudo
confinados en campos de refugiados sin libertad de movimiento. Son
tratados como forasteros, como una carga para la economía local y
como un “cuerpo extraño” frente a la población local, como
ocurre hoy con los refugiados en todo el mundo, sirviendo como chivos
expiatorios de los males sociales. Además, son vistos como una
fuerza desestabilizadora, con segmentos políticamente radicalizados
de refugiados palestinos históricamente involucrados en conflictos
armados con las autoridades estatales (por ejemplo, “Septiembre
Negro” en Jordania), participando en la guerra civil del Líbano, y
apoyando a Irak durante la invasión de Kuwait, lo que resultó en el
desplazamiento de entre 300.000 a 400.000 palestinos de Kuwait
después de 1991 y restricciones migratorias más estrictas en otros
Estados del Golfo. Los proletarios palestinos han sido tratados
sistemáticamente por los Estados árabes como peones y no como seres
humanos en el tablero diplomático y militar de Medio Oriente.
En Europa y, más ampliamente, en el mundo “occidental”, el
racismo antipalestino se ha visto reforzado en los últimos años
como una versión de un racismo más amplio contra los musulmanes,
promovido sistemáticamente en los últimos años tanto por las
teorías de extrema derecha del “gran reemplazo”, como por el
pánico moral cultivado por los gobiernos —tanto socialdemócratas
como de derechas— ante la entrada de musulmanes en Occidente. El
descontento por el declive del nivel de vida se dirige así hacia los
segmentos más vulnerables de nuestra clase, desviando la ira de las
relaciones sociales capitalistas. En estas odiosas narrativas
racistas se presenta a Israel como un baluarte de la “civilización
occidental” contra la “barbarie islámica”. Esto parece
paradójico, dado que la retórica de extrema derecha que atribuye
los planes de “sustitución de población” a la “élite global”
es estructuralmente antisemita. Por el contrario, la solidaridad con
los palestinos, que también ha crecido dentro de los grupos sociales
más progresistas, frecuentemente carece de contenido de clase y se
articula sobre la base de una mitología reaccionaria acerca del
carácter revolucionario de Hamás y sus organizaciones aliadas, que
en realidad representan políticas de opresión nacionalistas y
capitalistas, a menudo estrechamente vinculadas a una ideología
religiosa estatista. Hemos visto cómo esta posición se desarrollaba
aún más con el apoyo abierto de Estados como Irán y Rusia, es
decir, el apoyo de uno de los campos imperialistas. En cuanto a
Hamás, no cabe duda de que es el personal político y militar de una
sección de la clase dominante palestina que ejercía el poder en
Gaza. Como tal, participó en la explotación del proletariado
palestino tanto como fuerza de trabajo —mediante la imposición de
impuestos y aranceles sobre el comercio realizado a través de los
túneles— como mediante la extracción de ingresos procedentes de
la gestión de la “ayuda humanitaria” para las necesidades de la
población y el apoyo financiero de Irán y Qatar.
Hamás y sus organizaciones afiliadas tienen el monopolio de la
violencia y las armas, en contraste con cualquier tipo de violencia
revolucionaria de clase. Por otra parte, la gran mayoría de la
población de Gaza sigue siendo un proletariado excedente desechable;
carne de cañón.
Hamás y la trampa del “campismo
antiimperialista”
Sobre esta base, el
ataque del 7 de octubre de Hamás y sus colaboradores en Israel fue
un acto de guerra por parte de lo que hasta entonces había sido la
autoridad estatal de facto en Gaza. No fue un acto de resistencia por
parte de un movimiento, ni tuvo un carácter proletario o
revolucionario. No puede servir de modelo ni de brújula para las
luchas proletarias. Su objetivo principal era invertir la situación
que se estaba configurando con los Acuerdos de Abraham y alterar el
equilibrio geopolítico en Medio Oriente. En segundo lugar, sirvió
temporalmente para abordar la crisis de legitimidad interna de Hamás
en Gaza; como demostraron las recientes manifestaciones masivas
contra Hamás. Considerando el resultado, es decir, la respuesta
absolutamente atroz del Estado israelí, el ataque no sirvió —ni
podría haber servido— a los intereses y necesidades de la
población palestina, que ya vivía en condiciones de apartheid y
desplazamiento por parte del Estado israelí. Apuntó a objetivos
militares y no militares por igual e intentó aterrorizar a la
población enemiga, como cualquier acción militar estatal, aunque a
una escala mucho menor. Sin embargo, contar cadáveres y comparar
masacres es ajeno a cualquier perspectiva proletaria. La inmensa
mayoría de los muertos en la guerra capitalista son nuestros propios
muertos.
Grecia del lado de Israel: intereses económicos
y rivalidades geopolíticas
Como ya se ha mencionado, la guerra de Gaza forma parte de un
conflicto imperialista más amplio. El Estado griego ya nos está
involucrando de lleno dentro de este conflicto, aumentando el
gasto militar, proporcionando instalaciones y participando
activamente en los planes de batalla del bloque “occidental”. Por
un lado, hay razones económicas inmediatas por las que el gobierno
griego apoya a Israel: la cooperación entre el capital griego e
israelí desde armamento (INTRACOM Defense) hasta bienes raíces y
desde el proyecto de interconexión eléctrica Grecia-Chipre-Israel
hasta muchas otras colaboraciones sectoriales. Aún más importante
es la alianza entre Grecia e Israel contra el creciente poder
geopolítico de Turquía. En este contexto, se ha formado un frente
informal Grecia-Chipre- Israel con ejercicios militares conjuntos,
planes (abortados) para construir un gasoducto de gas natural
(EastMed) que sortearía las redes de distribución rusas,
intercambio de información, coordinación diplomática sobre la
definición de Zonas Económicas Exclusivas, etc. Por otro lado, está
el contexto más amplio de la competencia entre los bloques
imperialistas “occidentales” y los llamados “euroasiáticos”.
Esto incluye el plan para conectar India, Medio Oriente y Europa
(IMEC), que evitará rutas marítimas como el Canal de Suez, el
Estrecho de Bab el-Mandeb y potencialmente incluso el Estrecho de
Ormuz, quitando poder geopolítico a los Estados que actualmente los
controlan. Este plan cuenta con el apoyo de Estados Unidos, la Unión
Europea, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e India. Aunque
este plan no tenga éxito, como suele ocurrir con este tipo de
planes, es un método para ejercer influencia geopolítica sobre las
partes implicadas.
De la crisis de la “globalización” al
capitalismo de Estado y la economía de guerra
El apoyo de Grecia a Israel no está relacionado únicamente con
los intereses económicos directos del capital griego o con los
intereses geopolíticos inmediatos del Estado griego. Más bien,
refleja cambios más amplios tanto en el sistema global de
Estados-nación capitalistas como en los regímenes de acumulación
dentro de las
formaciones sociales nacionales económicamente
avanzadas. La crisis capitalista desde 2008 también ha sido una
crisis del modelo de “globalización”, evidenciada por el
resurgimiento del proteccionismo, con la imposición y el aumento de
aranceles al comercio internacional.
Esta nueva era de proteccionismo coincide con un aumento de la
intervención estatal, lo que señala el surgimiento de una nueva
forma de “capitalismo de Estado”, caracterizado por economías de
guerra y significativas inversiones desde los llamados “fondos
soberanos de riqueza”, que se han expandido enormemente en los
últimos años. Las grandes potencias están desarrollando sistemas
de planificación destinados a aumentar su poder económico y
militar, reemplazando los vínculos económicos mundiales regulados
por el mercado e inaugurando una nueva fase de reproducción
capitalista. Esta es también la base de la intensificación de la
rivalidad imperialista y de los conflictos militares para asegurarse
tierras, recursos y mano de obra. Esta es también la razón del
consenso entre todos los partidos (excepto el Partido Comunista
Griego) sobre el aumento del gasto militar en el marco del programa
ReArm Europe. Los principales bloques en la nueva escalada del
conflicto por las materias primas, los mercados, el liderazgo
tecnológico, las esferas de influencia y la hegemonía cultural son,
por un lado, Estados Unidos como potencia hegemónica existente y,
por otro, China como potencia imperialista emergente con
ambiciones de hegemonía global.
Estados Unidos cuenta con
el apoyo de las principales potencias de la Unión Europea, Japón,
Reino Unido y Australia, junto con Israel y Arabia Saudí; opuestos a
ellos, alineados con China, están Rusia, Bielorrusia, Irán y Corea
del Norte. Otros poderosos países del “Sur Global” —India,
Brasil, Indonesia y Sudáfrica— aún no se han alineado
definitivamente con ninguno de los dos bloques. En este conflicto,
Grecia se alinea con el bloque imperialista “occidental” y lo
apoya. Además, con su participación en este conflicto, pretende
mejorar su posición y poder regionales, por ejemplo, mediante el
posible establecimiento de una Zona Económica Exclusiva (ZEE) más
amplia, como lo demuestra la presencia de buques de guerra en el mar
de Libia. Por supuesto, estas formaciones no son monolíticas y no
excluyen la cooperación entre países pertenecientes a bloques
diferentes. Al fin y al cabo, se trata de “hermanos enemigos”: la
competencia no excluye la cooperación, que puede ir seguida de un
conflicto armado.
Contra el “campismo”: una respuesta de clase
internacionalista a la guerra capitalista
Si no resistimos ahora por todos los medios posibles a esta
escalada bélica, pronto nos encontraremos entre la espada y la
pared. Desde la perspectiva de los intereses proletarios, no existen
guerras “justas” o “defensivas”. Tales distinciones son
una mistificación que oculta el conflicto entre capitales
nacionales y bloques imperialistas por el control de los mercados de
capitales y materias primas, esferas de influencia y mano de obra
barata. Cada parte envuelta en una guerra presenta su propio papel
como “defensivo” y “justo”. Una victoria del Estado más
débil lo hace más fuerte, reiniciando de nuevo el círculo
vicioso, como lo ha demostrado la experiencia histórica. La derrota
de un poder estatal más fuerte implica necesariamente el
fortalecimiento del Estado-nación oponente y la movilización de la
población en torno a él. Cualquier resistencia de clase debe ser
aplastada para imponer la paz social y la unidad nacional.
En el pasado, el apoyo a los nacionalismos “débiles” y a sus
respectivos Estados se disimulaba tras el fortalecimiento del llamado
campo socialista. Hoy, ausente incluso esta pretensión, se abandona
la crítica al capitalismo en favor de las distinciones culturales
entre Occidente y Oriente o Norte y Sur, proclamadas por la ideología
“anticolonial” y las políticas identitarias contemporáneas.
Esta distinción es claramente irracional, mítica y reaccionaria, ya
que el capitalismo es un sistema universal y global: “[ha]
convertido todo el planeta en su campo de operaciones”, aunque la
opresión religiosa, étnica y nacional obviamente sigue existiendo y
no es “privilegio” de Estados específicos. La antigua y
espectacular pseudo dicotomía, capitalismo versus “socialismo”,
ha sido reemplazada por una nueva, desprovista de toda pretensión de
emancipación social, como lo ejemplifica el apoyo “antiimperialista”
a Irán, Rusia o China, salvo por la invocación de una hueca “teoría
de las etapas”. El apoyo a un campo
imperialista, o campismo,
es inherente a la ideología antiimperialista porque proporciona un
análisis de arriba hacia abajo enfocado en los conflictos entre
Estados, en lugar de una perspectiva proletaria arraigada en el
conflicto global entre el capital y el proletariado. El apoyo a las
fuerzas del “otro bando” y a los movimientos de liberación
nacional asociados a ellas ni siquiera puede provocar el
derrocamiento del imperialismo, que es inherente al capitalismo.
Objetivamente, la posición política de apoyar a un bando
imperialista allana el camino para la militarización más amplia de
la sociedad y la guerra capitalista. Los antiimperialistas llegan
incluso a apoyar los programas nucleares de supuestos “Estados
débiles”, lo que puede conducir a la culminación de la guerra
capitalista y a la destrucción total.
La única salida a la espiral bélica es la acción proletaria
internacionalista con un claro carácter anticapitalista. Nos
negamos a ser cómplices de cualquier ejército y de cualquier
Estado. No apoyaremos a ninguno de los bandos en guerra. La única
solución frente a la guerra es la organización autónoma de clase
que lucha contra el capital y el Estado en nuestro propio país y el
apoyo práctico a los que se niegan a hacer el servicio militar.
También implica el apoyo a los desertores y objetores de conciencia
del “otro bando”, así como la solidaridad práctica con los
colectivos políticos y sociales que luchan contra la guerra
capitalista en Rusia, Ucrania, Israel, Palestina, Irán y en todas
partes. En lugar de esta práctica, que es la condición mínima
necesaria para no convertirnos en carne de cañón del capital,
presenciamos calumnias inaceptables sobre el “colaboracionismo” y
la “traición nacional” contra los camaradas anarquistas y
comunistas y, más ampliamente, contra los colectivos de la clase
trabajadora (por ejemplo, en Irán). Precisamente en este contexto,
debemos expresar nuestra solidaridad con los —ciertamente escasos—
objetores de conciencia en Israel, así como con aquellas fuerzas
dentro de Israel que se resisten al genocidio que se está llevando a
cabo en Gaza. La identificación de toda la población con su Estado
es falsa, como demuestra el hecho de que 100.000 reservistas no se
presentaran a filas tras la ruptura del alto el fuego por parte del
Estado israelí. Hay que confrontar los incidentes de
odio nacionalista israelí cuando ocurran. La lógica de los
ataques indiscriminados contra turistas israelíes es racista, ya que
atribuye la responsabilidad colectiva a toda la población, a la vez
que debilita la ya débil corriente de oposición a la guerra dentro
de Israel.
Estamos en contra de la guerra capitalista y de
cualquier implicación del Estado griego en ella, en contra de la
militarización de la sociedad y del aumento del gasto militar que
se produce a expensas del salario social. Luchamos por la creación
de un movimiento proletario internacionalista que no se someta a los
intereses nacionales, al Estado y al capital, expresando solidaridad
práctica con los colectivos proletarios y políticos
—comunistas y anarquistas— que luchan en los países devastados
por la guerra.
Nuestro objetivo es construir lazos y comunicación con los
proletarios internacionalistas. Sólo a través de la unidad global
del proletariado podremos derrocar esta barbarie impuesta por los
Estados y el capital. No debemos dejarnos arrinconar, sino
acabar con la guerra capitalista luchando contra quienes la provocan.
Nuestra guerra no es nacional ni religiosa. Es una guerra de
clases social y antiestatal.